Arzobispo Viganò sobre el viaje anticatólico del apostata Bergoglio a Canadá

Bergoglio y el régimen anticatólico canadiense invocaron a los demonios

Blog de Marco Tosatti

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Redde rationem villicationis tuæ,

jam enim non poteris villicare

[Dame cuenta de tu administración

porque ya no podrás seguir administrando]

  

«Mi esposa,

cuando le preguntan quien la había convertido al catolicismo,

siempre responde: “el diablo”»

G.K. Chesterton

 

No es casualidad que Satanás sea llamado διάβολος, en el doble sentido de mentiroso y acusador. Satanás miente porque odia la Verdad, es decir, a Dios en su ser. Miente porque si afirmara la verdad descubriría sus propios engaños. Miente porque sólo mintiendo puede ser también acusador de nuestros hermanos, “el que día y noche les acusaba ante nuestro Dios” (Ap 12, 10). Y así como la Santísima Virgen, tabernáculo de la Verdad encarnada, es abogada nuestra, así Satanás es nuestro acusador e inspirador de falsos testigos contra los justos.

La Revolución -que es el derrocamiento del kosmos divino para instaurar el caos infernal- al no tener argumentos para desacreditar a la Iglesia de Cristo y a la sociedad cristiana que se inspira en ella y es guiada a través de los siglos por ella, recurre a la calumnia y a la manipulación de la realidad. La Cultura de la Cancelación no es más que el intento de poner en juicio la Civitas Dei para condenarla sin pruebas, imponiendo la civitas diaboli como su contrapartida de supuesta libertad, igualdad y fraternidad. Para hacer eso, como es evidente, impide a las masas el conocimiento y el saber, porque su engaño se basa en la ignorancia y en la mala fe.

Esta premisa es necesaria para comprender la gravedad del comportamiento de quien usurpa el poder vicario derivado de la suprema autoridad de la Iglesia para calumniarla y acusarla frente al mundo, en una grotesca parodia del juicio de Cristo ante el Sanedrín y Pilatos. También en aquella ocasión la autoridad civil escuchó las falsas acusaciones que se hacían contra Nuestro Señor, y aunque reconoció su inocencia, para satisfacer al pueblo azuzado por los Sumos Sacerdotes y los escribas del pueblo, primero lo hizo azotar y coronar de espinas, y luego lo envió a la muerte, haciéndolo crucificar con el más humillante de los suplicios. En consecuencia, los miembros del Sanedrín abusaron de su autoridad espiritual, al igual que el prefecto de Judea abusó de su autoridad civil.

La misma farsa se ha repetido en el curso de la historia mil y mil veces, porque detrás de cada mentira, detrás de cada acusación infundada contra Cristo y contra su Cuerpo Místico que es la Iglesia se esconde el diablo, el mentiroso, el acusador. Y es evidente, más allá de cualquier duda razonable, que esta acción satánica es la inspiradora de los hechos que la prensa informa estos días, desde los pérfidos mea culpa de Bergoglio por las supuestas culpas de la Iglesia católica cometidas en Canadá en perjuicio de los pueblos indígenas, hasta su participación en ritos paganos y ceremonias infernales de evocación de los muertos.

Sobre las “culpas” de los Misioneros jesuitas, creo que Corrispondenza Romana (aquí) ha respondido exhaustivamente, enumerando las atrocidades a las que fueron sometidos los mártires de Canadá a manos de los indios iroqueses. Lo mismo ocurre con las supuestas acusaciones relativas a los internados indios que el Estado había confiado a la Iglesia católica y a los anglicanos para civilizar a los nativos y favorecer la asimilación de la cultura cristiana en el país. Descubrimos así que “los Oblatos [de María Inmaculada] fueron los únicos defensores de la lengua y del modo de vida tradicional de los indios de Canadá, a diferencia del gobierno y de la Iglesia anglicana, que insistían en una integración que desarraigaba a los nativos de sus orígenes”. También nos enteramos de que el supuesto “genocidio cultural” de los pueblos indígenas del que debía ocuparse la Commission de vérité et réconciliation en 2008 se ha transformado desde entonces, sin ninguna base de verdad ni verosimilitud, en “genocidio físico”, gracias a una campaña mediática completamente falsa, apoyada por el primer ministro Justin Trudeau, protegido de Klaus Schwab y notorio defensor del globalismo y de la Agenda de Davos.

Pero si la verdad también ha sido reconocida oficialmente por los expertos e historiadores no partidistas, sin embargo, el culto a la mentira ha seguido su curso inexorable, culminando con las disculpas oficiales del jefe de la Iglesia, exigida por Trudeau e inmediatamente refrendada por Bergoglio, quien no veía la hora de humillar una vez más a la institución que indignamente representa. En su afán por secundar la narrativa oficial y complacer a sus amos, Trudeau y Bergoglio consideran un detalle insignificante la total inexistencia de pruebas sobre las fosas comunes fantasmagóricas en las que supuestamente se enterraron en secreto a cientos de niños. Esto bastaría para demostrar su mala fe y las intenciones ocultas de sus acusaciones y mea culpa; sobre todo porque la prensa del régimen pide las cabezas de los enemigos del pueblo con juicios sumarios, pero se cuida muy bien de no rehabilitar a los inocentes acusados falsamente.

El propósito de esta vil operación mediática es demasiado evidente: desacreditar el pasado de la Iglesia católica, culpable de los peores actos atroces, para legitimar su actual persecución, tanto por parte del Estado como de la misma Jerarquía. Porque esa Iglesia, la “intolerante” y “rígida” Iglesia católica que predicaba el Evangelio a todos los pueblos y que permitía martirizar a sus propios misioneros por tribus inmersas en la barbarie del paganismo, no debe existir más, no debe “hacer proselitismo” –“un solemne disparate”, “un pecado gravísimo contra el ecumenismo”- y no debe pretender tener ninguna Verdad que enseñar a las naciones para la salvación de las almas. Y Bergoglio se empeña en hacernos saber que no tiene nada que ver con esa Iglesia, al igual que detesta la doctrina, la moral y la liturgia de esa Iglesia, hasta el punto de perseguir sin piedad a los numerosos fieles que aún no se han resignado a seguirle hacia el abismo de la apostasía y que querrían honrar a Dios con la Misa Apostólica.

No es que nadie haya pensado nunca que Jorge Mario pueda de alguna manera ser católico: cada una de sus palabras, cada gesto, cada movimiento, delata una intolerancia tal hacia cualquier cosa que recuerde mínimamente a Nuestro Señor, que hace superfluos sus testimonios de irreligiosidad e impiedad sacrílega. Verlo asistir impasible a los ritos satánicos de evocación de los muertos realizados por un chamán agrava hasta lo inverosímil el escándalo del culto idolátrico a la Pachamama infernal en la basílica vaticana, profanándola, en el lugar donde está enterrado el Príncipe de los Apóstoles.

Pedir perdón por las inexistentes faltas de los Misioneros es un despreciable y sacrílego acto de sumisión al Nuevo Orden Mundial que se compagina perfectamente con los omertales silencios y las escandalosas protecciones de las que es responsable Bergoglio respecto a las verdaderas víctimas de los abusos de sus protegidos. Podremos oírle pedir perdón en China, en África, en los hielos de la Antártida, pero nunca le oiremos pronunciar un mea culpa por los abusos y crímenes cometidos en Argentina, por los horrores de la mafia lavanda de McCarrick y sus cómplices, y de los que promovió como sus colaboradores. Nunca le oiremos pedir disculpas creíbles por haberse prestado a ser testimonial de la campaña de vacunación, que ahora sabemos que es la causa de un número aterrador de muertes imprevistas y de efectos adversos. Por estas faltas nunca se dará golpes de pecho, es más, está orgulloso de ello y sabe que un gesto de sincero arrepentimiento no sería apreciado por sus mandantes, que no son menos culpables que él.

Aquí estamos entonces frente al mentiroso, al acusador. Aquí estamos frente al despiadado perseguidor de los buenos clérigos y fieles de ayer y de hoy, y celoso aliado de los enemigos de Cristo y de la Iglesia. Un feroz opositor a la Misa católica, pero un participante ecuménico en ritos satánicos y ceremonias paganas. Un hombre dividido en su alma por su doble rol de líder de la secta que ocupa el Vaticano e inquisidor de la Iglesia católica. A su lado, en esta escuálida perfomance, está el monaguillo Trudeau, que propaga la doctrina de género y la ideología LGBTQ en nombre de la inclusividad y de la libertad, pero que no ha dudado ni un segundo en reprimir con sangre los justos y legítimos levantamientos de la población canadiense, privada de sus derechos fundamentales con el pretexto de la emergencia pandémica.

Una buena pareja, sin duda. Ambos patrocinados en sus carreras por la élite globalista anticristiana. Ambos puestos al frente de una institución con la tarea de demolerla y de dispersar a sus miembros. Ambos traidores a su propio rol, a la justicia y a la verdad.

Estos juicios sumarios podrán ser apreciados quizás por contemporáneos de mala fe o ignorantes, pero no resisten el juicio de la Historia, y mucho menos el juicio inapelable de Dios.

Llegará el día en que [el obispo de Roma] será llamado a dar cuentas de su gestión: “Redde rationem villicationis tuæ: jam enim non poteris villicare” (Lc 16, 2), dice el maestro en la parábola del Evangelio de ayer. Hasta que llegue este momento, como miembros bautizados y vivos del Cuerpo Místico, recemos y hagamos penitencia, para alejar de nosotros los castigos que estos escándalos atraen sobre la Iglesia y el mundo. Invoquemos la intercesión de los Mártires de Canadá, ultrajados por el acusador sentado en el Trono de Pedro, para que obtengan del Trono de Dios la liberación de la Iglesia del presente flagelo.

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo

1 de agosto de 2022

San Pedro en Cadenas

Santos Mártires Macabeos

Publicado originalmente en italiano el 1 de agosto de 2022