“Roma no tiene Papa. Ahí está Bergoglio no Pedro”: Aldo Maria Valli —Periodista católico italiano

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Santo Tomás Cayetano, O.P. Teólogo y Cardenal
Señala que el famoso axioma “Ubi Petrus, ibi Ecclesia” (Donde esta Pedro esta la Iglesia) es válido sólo cuando actúa y se comporta como un Papa, porque Pedro “está sujeto a los deberes del Oficio” de otra manera, “ni la Iglesia esta en él, ni él está en la Iglesia.”


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Aldo Maria Valli

Traducción Religión la Voz Libre 

Roma está sin Papa. La tesis que pretendo sostener se puede resumir en estas cinco palabras. Cuando digo Roma, no me refiero sólo a la ciudad de la que el Papa es obispo. Cuando digo Roma, me refiero al mundo; me refiero a la realidad presente.

El Papa, aunque esté físicamente presente, en realidad no está allí, porque no hace lo que hace el Papa. Está allí, pero no cumple con su deber como sucesor de Pedro y vicario de Cristo. Jorge Mario Bergoglio está allí; Pedro no.

¿Quién es el Papa? Las definiciones, según se quiera destacar el aspecto histórico, teológico o pastoral, pueden ser diferentes. Pero, esencialmente, el Papa es el sucesor de Pedro. ¿Y qué tareas le asignó Jesús al apóstol Pedro? Por un lado, «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,17); por otro, «Todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 16,19).

Esto es lo que debería hacer un Papa. Pero hoy en día no hay nadie que lleve a cabo esta tarea. «Y tú, una vez que te hayas convertido, confirma a tus hermanos en la fe» (Lc 22,32). Así dice Jesús a Pedro. Pero hoy Pedro no pastorea sus ovejas y no las fortalece en la fe. ¿Por qué? Alguien responde: Porque Bergoglio no habla de Dios, sólo de los emigrantes, de la ecología, de la economía, de las cuestiones sociales. Pero esto no es así. En realidad, Bergoglio sí habla de Dios, pero lo que se desprende de toda su predicación es un Dios que no es el Dios de la Biblia, sino un Dios adulterado, un Dios, diría yo, debilitado, o mejor aún, adaptado. ¿Adaptado a qué? Al hombre y a su exigencia de ser justificado para vivir como si el pecado no existiera.

Ciertamente, Bergoglio ha puesto los temas sociales en el centro de su magisterio y, con esporádicas excepciones, parece presa de las mismas obsesiones de la cultura dominante de lo políticamente correcto, pero creo que no es ésta la razón profunda por la que Roma se ha quedado sin Papa. Al querer destacar los temas sociales, es posible tener una perspectiva auténticamente cristiana y católica. La cuestión, con Bergoglio, es otra: es que su perspectiva teológica está desviada. Y ello por una razón muy concreta: porque el Dios del que habla Bergoglio no es el que perdona, sino el que quita toda culpa.

En Amoris Laetitia leemos: «La Iglesia debe acompañar con atención y cuidado al más débil de sus hijos» (cap. 8, párr. 291). Lo siento, pero no es así. La Iglesia debe convertir a los pecadores.

VETE Y NO PEQUES MAS

Una vez más, en Amoris Laetitia, leemos que «la Iglesia no se desentiende de los elementos constructivos en aquellas situaciones que aún no corresponden o ya no corresponden a su enseñanza sobre el matrimonio (párr. 314). Lo siento, pero esas palabras son ambiguas. En las situaciones que no corresponden a su enseñanza, también habrá «elementos constructivos» (¿pero en qué sentido?); sin embargo, la misión de la Iglesia no es dar validez a tales elementos, sino convertir las almas al amor divino, al que se adhiere observando los mandamientos.

En Amoris Laetitia también leemos: «Sin embargo, la conciencia puede hacer algo más que reconocer que una determinada situación no corresponde objetivamente a las exigencias generales del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad cuál es, por ahora, la respuesta más generosa que se puede dar a Dios, y llegar a ver con cierta seguridad moral que es lo que Dios mismo pide en medio de la complejidad concreta de los propios límites, aunque no sea plenamente el ideal objetivo» (párr. 303). Una vez más hay ambigüedad. En primer lugar: no hay una «exigencia global» del Evangelio, a la que uno pueda adherirse más o menos. Existe simplemente el Evangelio con sus contenidos muy concretos; existen los mandamientos con su claridad. Segundo: Dios nunca -repito, nunca- puede pedir a alguien que viva en pecado. Tercero: nadie puede pretender tener «una cierta seguridad moral» sobre «lo que Dios mismo pide en medio de la complejidad concreta de los propios límites». Estas expresiones confusas sólo tienen un sentido: legitimar el relativismo moral y jugar con los mandamientos divinos.

Este Dios comprometido más que nada con la liberación del hombre de la culpa, este Dios en busca de circunstancias atenuantes, este Dios que se abstiene de mandar y prefiere comprender, este Dios que «está cerca de nosotros como una madre que canta una canción de cuna», este Dios que no es juez sino que es «cercanía», este Dios que habla de la «fragilidad» humana y no del pecado, este Dios empeñado en la lógica del acompañamiento pastoral» es una caricatura del Dios de la Biblia. Porque Dios, el Dios de la Biblia, es tan paciente, pero no laxo; es tan amoroso, pero no permisivo; es tan considerado, pero no complaciente. En una palabra, es un Padre en el sentido más pleno y auténtico del término.

La perspectiva asumida por Bergoglio parece ser, en cambio, la del mundo, que muchas veces no rechaza del todo la idea de Dios, pero rechaza las características de Dios que están menos en sintonía con la permisividad que impera. El mundo no quiere un verdadero padre, que ame en la medida en que también juzga, sino que quiere un compinche; o mejor aún, un compañero de viaje que deje pasar las cosas y diga: «¿Quién soy yo para juzgar?»

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En otras ocasiones he escrito que con Bergoglio triunfa una visión que anula la real: es la que dice que Dios no tiene derechos, sólo deberes. No tiene derecho a recibir un culto digno de él, ni a no ser burlado, pero sí tiene el deber de perdonar. Según esta visión, lo contrario ocurre con el hombre: el hombre no tiene deberes, sino sólo derechos. Tiene el derecho a ser perdonado, pero no el deber de convertirse. Como si pudiera haber un deber de Dios de perdonar y un derecho del hombre a ser perdonado.

Por eso Bergoglio, presentado como el papa de la misericordia, me parece el papa menos misericordioso que se pueda imaginar. De hecho, descuida la primera y fundamental forma de misericordia que le corresponde a él y sólo a él: predicar la ley divina y, al hacerlo, señalar a las criaturas humanas, desde la altura de su suprema autoridad, el camino que conduce a la salvación y a la vida eterna.

Si Bergoglio ha ideado un «dios» de este tipo -que indico intencionadamente con una «d» minúscula porque no es el Dios Uno y Trino al que adoramos- es porque para Bergoglio no hay ninguna falta por la que el hombre deba pedir perdón, ni personal ni colectiva, ni original ni actual. Pero si no hay culpa, tampoco hay Redención; y sin la necesidad de la Redención no tiene sentido la Encarnación, y mucho menos la obra salvadora de la única Arca de la salvación que es la Santa Iglesia. Uno se pregunta si ese «dios» no es más bien el simia Dei -el simio de Dios-, Satanás, que nos empuja hacia la condenación en el momento exacto en que niega que los pecados y vicios con los que nos tienta puedan matar nuestra alma y condenarnos a la pérdida eterna del Bien Supremo.

Por lo tanto, Roma se ha quedado sin Papa. Pero si en la novela distópica de Guido Morselli titulada Roma senza papa era así físicamente, ya que el papa ficticio se fue a vivir a Zagarolo, hoy Roma está sin papa de una manera mucho más profunda y radical.

Ya puedo oír la objeción: ¿Pero cómo se puede decir que Roma está sin Papa cuando Francisco está en todas partes? Está en la televisión y en los periódicos. Ha sido portada de Time, Newsweek, Rolling Stone, e incluso de Forbes y Vanity Fair. Está en sitios web y en innumerables libros. Ha sido entrevistado por todo el mundo, incluso por la Gazzetta dello sport [nota del traductor: el diario deportivo italiano que es el más leído de todos en Italia]. Quizás nunca antes un Papa ha estado tan presente y ha sido tan popular. Yo respondo: todo eso es cierto, pero es Bergoglio; no es Pedro.

Ciertamente no está prohibido que el vicario de Cristo se ocupe de las cosas del mundo. Todo lo contrario. La fe cristiana es una fe encarnada, y el Dios de los cristianos es Dios que se hace hombre, que se hace historia; por eso el cristianismo rehúye los excesos del espiritualismo. Pero una cosa es estar en el mundo y otra muy distinta es hacerse como el mundo. Al hablar como el mundo habla y razonar como el mundo razona, Bergoglio ha hecho que Pedro se evapore y se ha puesto a sí mismo en primer plano.

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Repito: el mundo, nuestro mundo nacido de la revolución del 68, no quiere un verdadero padre. El mundo prefiere un compañero. La enseñanza de un padre, si es un verdadero padre, es laboriosa, porque señala el camino de la libertad en la responsabilidad. Es mucho más cómodo tener al lado a alguien que simplemente te haga compañía, sin señalar nada. Y esto es justo lo que hace Bergoglio: muestra a un «dios» que no es un padre sino un acompañante. No es casualidad que a la «iglesia de salida» de Bergoglio le guste el verbo «acompañar» -como a todo el modernismo-. Es una iglesia acompañante en el camino, que todo lo justifica (mediante un concepto distorsionado del discernimiento) y, al final, todo lo relativiza.

Jesús es bastante explícito en este asunto. «Ay de vosotros cuando todos los hombres hablen bien de vosotros» (Lc 6,26). «Dichosos vosotros cuando los hombres os odien y cuando os excluyan y os insulten y rechacen vuestro nombre como malo, a causa del Hijo del Hombre» (Lc 6,22).

De vez en cuando surge un rumor que dice que Bergoglio también está pensando en dimitir, al igual que Benedicto XVI. Yo creo que no tiene nada de eso en mente, pero el problema es otro. El problema es que Bergoglio se ha convertido de facto en el protagonista de un proceso de renuncia a las funciones de Pedro.

Ya he escrito en otro lugar que Bergoglio se ha convertido ahora en el capellán de las Naciones Unidas, y creo que esta elección es de una gravedad sin precedentes. Sin embargo, más grave aún que su adhesión a la agenda de la ONU y a lo políticamente correcto es que ha renunciado a hablarnos del Dios de la Biblia y que el Dios que está en el centro de su predicación es un Dios que exime de culpa a las personas, no un Dios que perdona.

La crisis de la figura del padre y la crisis del papado van de la mano. Así como el padre, rechazado y desmantelado, se transformó en un acompañante genérico sin derecho a señalar el camino, de la misma manera el papa dejó de ser el portador e intérprete de la ley divina objetiva y prefirió convertirse en un simple acompañante.

bergoglio acompañando almas

De este modo, Pedro se evaporó justo cuando más lo necesitábamos para mostrarnos a Dios como un Padre integral: un Padre amoroso: no por ser neutral, sino por juzgar; un Padre misericordioso: no por ser permisivo, sino por comprometerse a mostrar el camino del verdadero bien; un Padre compasivo: no por ser relativista, sino por estar deseoso de mostrar el camino de la salvación.

Observo que el protagonismo en el que se complace el ego bergogliano no es una novedad, sino que se remonta en gran parte a la nueva formulación antropocéntrica conciliar, a partir de la cual papas, obispos y clérigos se anteponen a su sagrado ministerio, su propia voluntad a la de la Iglesia, sus propias opiniones a la ortodoxia católica y sus propias extravagancias litúrgicas a la sacralidad del rito.

Esta personalización del papado se ha hecho explícita desde que el Vicario de Cristo, queriendo presentarse como «uno como nosotros», renunció al uso del plural humilitatis con el que demostraba que no hablaba a título personal sino junto a todos sus predecesores y el mismo Espíritu Santo. Pensemos en ello: ese sagrado «Nosotros» que hizo temblar a Pío IX al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, así como a San Pío X al condenar el modernismo, nunca podría haber sido utilizado para apoyar el culto idolátrico a la Pachamama, ni para formular la ambigüedad de Amoris Laetitia o el indiferentismo de Fratelli Tutti.

En cuanto al proceso de personalización del papado (al que el advenimiento y desarrollo de los medios de comunicación de masas contribuyó de forma importante), hay que recordar que hubo un tiempo en el que, al menos hasta Pío XII incluido, a los fieles no les importaba mucho quién era el papa, porque en cualquier caso sabían que fuera quien fuera siempre enseñaría la misma doctrina y condenaría los mismos errores. Al aplaudir al papa aplaudían no tanto al que estaba en el santo trono en ese momento, sino al papado, a la sagrada realeza del Vicario de Cristo, a la voz del Pastor Supremo, Jesucristo.

Bergoglio, a quien no le gusta presentarse como sucesor del príncipe de los Apóstoles, y que ha dejado en segundo plano el título de «Vicario de Cristo» en el Anuario Pontificio, se separa implícitamente de la autoridad que Nuestro Señor ha conferido a Pedro y a sus sucesores. Y esto no es una mera cuestión canónica. Es una realidad cuyas consecuencias son muy graves para el papado.

¿Cuándo volverá Pedro? ¿Cuánto tiempo permanecerá Roma sin Papa? Es inútil preguntarlo. Los designios de Dios son misteriosos. Sólo podemos rezar al Padre celestial, diciendo: «Hágase tu voluntad, no la nuestra. Y ten piedad de nosotros, pecadores».