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“Hay una mafia gay dentro de la Iglesia”, asegura el sacerdote polaco Dariusz Oko, que en 2012 publicó un vídeo denuncia contra la ‘homoherejía’, en declaraciones a la web Church Militant.

Los últimos escándalos de pedofilia que siguen asolando la Iglesia, desde la connivencia de obispos chilenos con los cómplices del Padre Karadima hasta la posesión de pornografía infantil del diplomático vaticano Carlo Capella, tienen un denominador común: son todos ellos de carácter homosexual.

Más escandaloso resulta el caso del Cardenal McCarrick, el poderoso Arzobispo Emérito de Washington, que ha sido recientemente retirado de las funciones sacerdotales por un abuso cometido hace muchas décadas.

El caso de McCarrick, en una alocución en la Vilanova University en 2013 reveló que se la había pedido que presionara para la elección de Bergoglio como Papa, es paradigmático, ya que todos los observadores se preguntan cómo se pudo seguir promocionando dentro de la jerarquía un hombre del que, por fuerza, muchos debían conocer sus inclinaciones.

De McCarrick podía decirse cualquier cosa menos que fuera una figura marginal, o que estuviera mal visto por quienes hoy cortan el bacalao en Roma. En 2016, el Cardenal Blaise Cupich, Arzobispo de Chicago y uno de los obispos americanos más entusiastas de la ‘revolución francisquista’, fue el encargado de entregar a McCarrick el premio ‘Espíritu de Francisco’, ocasión que Cupich aprovechó para elogiar al emérito por su “propia forma exclusiva de dejar una marca en la Iglesia”.

Quién sabía y quién calló son las preguntas que se hacen muchos periodistas cercanos al caso, pero hay otra que nos parece aún más oportuna: ¿por qué? Y responderla nos lleva de vuelta a las palabras del Padre Dariusz Oko en entrevista concedida a Church Militant.

“[Los homosexuales] crean estas uniones informales y se infiltran en la Iglesia”, sostiene Oko, para quien esta infiltración alcanza los puestos más elevados de la jerarquía. “Definitivamente, hay un problema con los obispos homosexuales en la Iglesia Universal. El Papa Benedicto depuso a setenta de estos obispos que, o bien taparon escándalos de pedofilia o ellos mismos mantenían una activa vida homosexual.”

¿Es posible que existan tantos sin una estructura que los encubra e incluso les promocione? La web Catholic Culture da algunos nombres, solo de obispos americanos: Dan Ryan de Springfield, Ilinois; Tom Dupre de Springfield, Massachussetts; Patrick Ziemann de Santa Rosa; Kendrick Williams de Lexington; Keith Symons de Palm Beach; Lawrence Soens de Sioux City; Joseph Hart de Cheyenne; Anthony O’Connell de Palm Beach; Robert Lynch de St. Petersburg; y Rembert Weakland de Milwaukee. En ninguno de estos casos el depredador homosexual fue denunciado por la jerarquía eclesiástica que, sin embargo, era la que estaba en mejor posición para conocerlos.

Oko explica el mecanismo. “Exactamente igual que en el Ejército, en la policía o en el mundo del arte, una vez que alguien con tendencias homosexuales llega al poder, normalmente sus subordinados son también homosexuales, y así van creando una pirámide. Lo mismo está sucediendo con estos obispos que deliberadamente nombran a personas con las mismas tendencias”.

Esto, a su vez, tiene un efecto inmediato sobre la pastoral y, en ocasiones, sobre la predicación de la doctrina. “Tratan de orientar la Iglesia hacia un planteamiento más emocional, de ‘diálogo’ con todo el mundo, convirtiendo la Iglesia en un ‘espacio seguro’. No les gusta el enfrentamiento”

Las palabras de Oko explicarían, ciertamente, muchas de las cosas que vemos hoy en la Iglesia, desde la prominencia que está obteniendo el jesuita Padre James Martin, seleccionado por Roma como ponente en el próximo Encuentro Mundial de las Familias en Irlanda, o las vigilias de oración “contra la homofobia” organizadas en Italia y España con el beneplácito de los ordinarios.

También por eso muchos temen que el Sínodo de la Juventud el próximo octubre, cuyos documentos preparatorios ya son indicio de una atroz manipulación de las ‘voces de los jóvenes’, se utilice para consagrar un ‘cambio revolucionario’ de la doctrina católica con respecto a la homosexualidad.

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