El hombre del NOM, López Obrador, gana las elecciones de México

 

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Hispanidad

Andrés Velázquez 02/07/18 13:18

López Obrador aseguró que si accedía a la Presidencia de México, se mantendrían las leyes sobre el aborto y el homomonio.

Andrés Manuel López Obrador, un hombre del NOM

El candidato izquierdista Andrés Manuel López Obrador ganó el domingo la presidencia de México con entre el 53 y 53.8 por ciento de los votos, según un conteo rápido preliminar divulgado por la autoridad electoral, recoge Reuters.

Por delante de Ricardo Anaya, del PAN (22%-22,8%) y José Antonio Meade, candidato del PRI (15,7%-16,3%). Más claro: López Obrador es el presidente con mayor respaldo de la historia de México.

“La transformación consistirá en erradicar la corrupción en nuestro país. La corrupción no es un tema cultural sino la consecuencia de un sistema político en decadencia. Erradicar la corrupción y la impunidad será la misión principal del nuevo gobierno. Sobre aviso no hay engaño. Sea quien sea será castigado”, dijo el presidente electo. López Obrador debe asumir el cargo el 1 de diciembre.

Como ha explicado Hispanidad, Andrés Manuel López Obrador aseguró que si accede a la presidencia de México, se mantendrán las leyes sobre el aborto, el «matrimonio» homosexual y la adopción por parte de parejas homosexuales, recogió Infocatólica. Es decir, AMLO es un hombre del Nuevo Orden Mundial (NOM), que quiere implantar en todo el mundo políticas contrarias a la ley natural

«Las “dictaduras del socialismo del siglo XXI” hoy son denominadas “dictaduras de delincuencia organizada” »           

 

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San Vicente Ferrer: ⚠ Prestando obediencia a uno que NO es papa y tributándole honores papales, se quebranta el Primer Mandamiento

San Vicente Ferrer

Comienza el Tratado del cisma moderno de la Iglesia, compilado por fray Vicente Ferrer, de la Orden de Predicadores.
Al cristianísimo príncipe don Pedro, rey de Aragón. Año del Señor 1380.
Se encomienda a vuestra majestad, serenísimo príncipe, el indigno, pero fidelísimo siervo vuestro, fray Vicente Ferrer, pecador, con la reverencia y el honor debidos.
La excelente dignación de vuestra benignidad, así como la sincera devoción de fe que profesáis a la Iglesia universal de Cristo, me han movido, para manifestación de la verdad, a dirigir a vuestra excelencia un tratado del cisma —lamentable y doloroso— que aqueja a la Iglesia de Cristo.
Aunque parezca arrogancia de gran presunción que un hombre tan vil e iliterato como yo escriba un libro sobre hechos tan arduos y tan peligrosas dudas, acerca de lo cual muchos excelentes doctores han escrito bastante, sin embargo, pienso que para la construcción del Tabernáculo se mandaba ofrecer en la ley no sólo oro, plata y dones preciosos, sino también pelos de cabra
(Ex. XXV, 4: XXXV, 6),
y que nuestro Señor Jesucristo alabó no sólo a los ricos que depositaban sus presentes preciados en el gazofilacio del templo, sino que ensalzó sobre los demás a la pobrecilla viuda que echó dos pequeñas monedas, según se lee en San Lucas y San Mateo (Luc. XXI, 1-4; Mt. XXV, 14 ss.)
A nadie, pues, debe parecer superfluo o presuntuoso, si piensa que, aparte los muchos tratados de excelentes doctores, que son de oro y de plata por su sabiduría y elocuencia, yo, pobrecillo predicador, haya querido ofrecer al gazofilacio de la Iglesia unas sencillas monedas, según la pequeñez de mi entendimiento.
Por tanto, reciba vuestra benigna clemencia, señor y rey mío, el presente tratado del cisma moderno de la Iglesia, cuyo argumento es como sigue:
Habiendo fallecido el papa Gregorio XI, de santa memoria, los cardenales eligieron papa a don Bartolomé, arzobispo de Bari, italiano, al cual, tanto los cardenales como toda la cristiandad, obedecieron como papa casi durante cuatro meses. Apartándose después de su obediencia, todos los cardenales afirmaron que el dicho Bartolomé era intruso; y, manifestando que fué elegido sólo por miedo a la muerte y por coacción del pueblo romano, que pedía un romano o un italiano, eligieron a don Roberto, cardenal de Ginebra, al cual obedecen firmemente desde entonces, y adoctrinan e informan al pueblo cristiano para que le obedezca, a la vez que condenan al italiano y a sus seguidores.
Por lo cual, el pueblo cristiano se halla dividido en tres partes:
Unos obedecen al primer elegido; otros al segundo; y los terceros a ninguno de los dos, esperando mayor claridad en un asunto tan trascendente.
Ahora bien, acerca de este hecho podemos preguntarnos tres cosas:
Primera. Qué fe o creencia acerca del verdadero papa nos es necesaria para la salvación, mientras dura este cisma o estado dudoso.
Segunda. Quién de los dos elegidos ha de ser aceptado por verdadero papa en todo el pueblo cristiano.
Tercera. De qué modo ha de promulgarse y ser predicada la verdad del hecho al pueblo cristiano.
Según estas tres cuestiones, el tratado tendrá tres partes principales, y cada una de ellas se dividirá en cinco capítulos. De este modo, el número tres, multiplicado por cinco, producirá el número exacto de gradas por las cuales, mediante los pasos de las buenas obras, podamos ascender al templo del verdadero Salomón, bañados en la luz de la verdad.

PRIMERA PARTE
     Trataré en ella:
1) Si es lícito creer que los dos elegidos son papas. 
     2) Si es lícito o seguro creer que ninguno de ellos es papa. 
     3) Si es peligroso para el alma cristiana adherirse como a papa al que no lo es, y apartarse, por ignorancia, del papa verdadero. 
     4) Si es suficiente para la fe en la santa Iglesia de Dios creer condicional e indeterminadamente en el verdadero papa. 
     5) Si es necesaria para salvarse la determinación de la fe en el verdadero papa durante el cisma presente.
CAPITULO I 
     En el que se declara que no es lícito creer que los dos elegidos son verdaderos papas 
     Por lo que a la primera cuestión se refiere, puede manifiestamente responderse, según la verdad de la fe cristiana, que es imposible que los dos elegidos sean papas. Lo cual puede fácilmente probarse por muchas razones.
Primera. Aunque los pueblos cristianos estén divididos en muchas diócesis y naciones, sin embargo, así como la Iglesia es universal, así también es necesario que el pueblo cristiano sea uno ecuménicamente. Por lo mismo, así como en un pueblo determinado, que forma una iglesia particular, es necesario que haya un obispo, del mismo modo es necesario que en todo el pueblo cristiano exista un solo papa, cabeza y rector de la Iglesia universal. A este proposito leemos en los Cantares: Sesenta son las reinas y ochenta las concubinas, y las doncellas no tienen número. Pero única es mi paloma, mi perfecta; es la única hija de su madre, la predilecta de quien la engendró (Cant. VI, 8). Según la Glosa, las reinas y concubinas significan las distintas iglesias particulares, y las doncellas son las almas fieles. Mas la paloma única significa la Iglesia militante universal, que es una, como la Iglesia triunfante, llamada su madre y engendradora.
     Segunda. En la verdadera Iglesia es necesario que los fieles cristianos concuerden en una misma fe. Por eso dice el apóstol: Sólo un Señor, una fe, un bautismo (Eph. IV, 5). Cuando surge un problema en lo que atañe a la fe, la Iglesia quedaría dividida si no fuera conservada en su unidad por la autoridad doctrinal de uno solo. Por tanto, para conservar la unidad de la Iglesia es necesario que sea uno solo el que la gobierne. A este respecto leemos en Ezequiel: Mirad, yo tomaré a los hijos de Israel de entre las gentes a que han ido, juntándolos de todas partes y los traeré a su tierra. Y haré de ellos en la tierra, en los montes de Israel, un solo pueblo, y todos tendrán un solo rey; nunca más serán dos naciones; nunca más estarán divididos en dos reinos; nunca más se contaminarán con sus ídolos y sus iniquidades; los libraré de todas las rebeliones con que pecaron y los purificaré, y será mi pueblo, y yo seré su Dios. Mi siervo David será su rey. Y tendrán todos un solo pastor (Ez. XXXVII, 21 ss). 
     Tercera. No cabe duda que el régimen de la Iglesia debe ser el mejor, ya que lo dispuso Aquel que dice: Por mí reinan los reyes y los jueces administran justicia (Prov. VIII, 15). Ahora bien, el mejor régimen de la multitud se da cuando está regida por uno solo, según dice Aristóteles en el libro III de los Políticos. Es más, la paz y unidad de los subditos, que son el fin de toda sociedad, se alcanzan más fácilmente cuando rige uno que cuando son muchos los que rigen. Luego es manifiesto que el régimen de la Iglesia universal ha sido dispuesto por Dios de modo que sea uno solo el que gobierne toda la Iglesia. Por eso Cristo dijo sólo a Pedro: Apacienta mis ovejas (Jo. XXI, 17). Y sólo a Pedro prometió: Te daré las llaves del reino de losi cielos (Mt. XVI, 10). 
     Cuarta. La Iglesia militante deriva y es semejanza de la triunfante. Dice San Juan en el Apocalipsis (Apoc. XXI, 2) que vió la nueva Jerusalén —la Iglesia militante— que descendía del cielo, es decir, la Iglesia triunfante. Y en la Iglesia triunfante preside uno solo, que es el que rige también el universo: Dios. Luego en la Iglesia militante uno solo debe presidir y gobernar a todos. Por eso dijo Jesús: Habrá un rebaño y un pastor (Jo X, 16).
     Quinta. En el cuerpo natural hay una sola cabeza. La Iglesia universal es un cuerpo místico, y los distintos fieles son sus miembros, nacidos y unidos entre sí por la unidad de fe, esperanza y caridad. Se lee en la epístola a los Romanos: A la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo (Rom. XII, 4-5). Necesariamente, pues, en el cuerpo de la Iglesia universal habrá un solo papa, cabeza y rector. A este respecto profetizó Oseas: Los hijos de Judá y los hijos de Israel se juntarán en uno. y se darán un jefe único (Os. I, 11).
     Sexta. Es verdad de fe que el papa tiene potestad plena sobre todos; por lo cual dijo Cristo a Pedro: Cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, u cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos (Mt. XVI, 19). Si hubiera dos papas a la vez, o el uno tendría más potestad que el otro, o no. Si uno no tuviera más potestad que el otro, ninguno de los dos sería papa, porque el papa tiene potestad sobre todos, como queda dicho. Si la tuviera, el inferior no sería papa. Así prometió el Señor, hablando por Ezequiel: Yo salvaré a mi grey, y no será jamás presa de las gentes; suscitaré para ella un pastor único, que la apacentará (Ez. XXXIV, 28 y 31).     Por todas estas razones aparece claro que no es lícito creer que los dos elegidos en cuestión son verdaderos papas. Por consiguiente, yerran muy gravemente quienes, con el afán de obtener gracias y dispensas, o por alcanzar cualquier clase de privilegios, acuden a uno y otro, reverenciándolos como papas auténticos. Pues siendo cierto que no pueden ser papas los dos, sino que uno de ellos es apostático y antipapa, es evidente que quienes en sus súplicas reverencian a los dos como tales, no escapan a las penas y maldiciones prescritas en aquel canon del Decreto que comienza: En el nombre del Señor… (J. Gratianus, Decretum (Concordantia discordantium canonum) 1, dist. 23, e. 1 : 44 In nomine Domini”). Y nadie puede ser excusado en esto por ignorancia, como se verá en lo que sigue.
CAPITULO II
     En el cual se declara que es necesario creer que uno de los dos es verdadero papa
     En cuanto a la segunda cuestión, digo que a ningún cristiano es lícito o seguro creer o decir que ninguno de los dos elegidos es verdadero papa. Esto se manifiesta por las tres razones siguientes:
Primera. La primera elección, o fué debida y canónicamente celebrada, o no. Si fué hecha canónicamente, entonces todos los cristianos han de creer que el primer electo es verdadero papa. Y si la primera elección no fué canónicamente celebrada, entonces, con seguridad, el primer electo no es verdadero papa y, por consiguiente, la sede apostólica quedó vacante antes de la segunda elección. Y como en la segunda elección intervinieron más de las dos partes de cardenales, los cuales aseguran unánimemente que el segundo es el verdadero papa; luego este segundo ha de ser tenido universalmente y con seguridad por verdadero papa. Pues, según el derecho, cuando queda vacante la sede apostólica, todo el orbe depende, en lo referente a la aceptación de papa, de las dos partes de cardenales. Se dice en el Libro de los Reyes: Del Señor son los fundamentos de la tierra, y sobre ellos puso el orbe (1 Reg. II, 8).     Segunda. En las dudas, cuando se trata de cosas difíciles, en especial en las cosas de fe, nadie debe apoyarse en su propio parecer, sino que, confiando en el auxilio divino, debe apoyarse en el consejo y determinación de los mayores. Dícese en los Proverbios: Confía de todo corazón en el Señor, y no te apoyes en tu prudencia (Prov. III, 5), esto es, anteponiéndote a muchos, como dice la Glosa interlineal. Ahora bien, los padres y los mayores del pueblo cristiano, es decir, los cardenales y otros prelados y casi todos los doctores, sostienen y afirman que uno de estos dos electos es verdadero papa. Por tanto, es muy peligroso y presuntuoso para cualquier cristiano creer o decir que ninguno de los dos es papa.
Tercera. Es cierto, según la fe de los mayores, corroborada por los santos doctores, que la Iglesia universal no puede errar en sus juicios, principalmente en las cosas de fe. Así lo prometió Cristo, cuando dijo: El Espíritu de la verdad os enseñará toda la verdad (Jo. XVI, 13), esto es, la verdad necesaria para la salvación, según comenta la Glosa interlineal. Si, pues, en un hecho de tanta trascendencia para la fe, la Iglesia universal está por uno o por otro de estos dos elegidos, si uno de los dos no fuera verdadero papa, habría que decir que Cristo había abandonado a su Iglesia y faltado a su promesa. Lo cual a ningún cristiano está permitido creer o decir.
Contra esta tesis algunos alegan ciertos cánones, especialmente aquel que dice: Si acaso, por imprudencia de los rivales, fueren dos ilícitamente elegidos, no permitimos que cualquiera de ellos sea el futuro sacerdote; creemos que debe permanecer en la sede apostólica aquel que por nueva elección fuere designado por el número de clérigos, el juicio divino y el consentimiento de todos (J. Gratianus, Decretum, dist. 79, c. 8: “Si dúo forte”).     Por este texto y por otros muchos quieren probar algunos que ninguno de los dos electos en cuestión es papa verdadero, y que debe elegirse un tercero por votación unánime de los cardenales, y éste será, sin duda, el verdadero papa.
Pero la verdad es que ni el texto alegado ni quienes lo alegan desvirtúan en nada lo que hemos dicho. Porque, según comenta la Glosa, el texto citado se aplica cuando ninguno es elegido por las dos partes de cardenales. Y en nuestro caso ambos fueron elegidos por las dos partes de cardenales. Por lo cual, indudablemente, uno de los dos ha de aceptarse universalmente por papa verdadero, según se declarará más abiertamente en la segunda parte de este tratado.
Por lo dicho está claro que caen en error quienes pretenden ser indiferentes en este hecho, no adhiriéndose a uno o a otro. Porque así como en este caso sería condenable pronunciarse por uno que no es papa, según consta en el capítulo anterior, del mismo modo no sería menos culpable apartarse del verdadero, privándole de los honores papales, aunque fuera por ignorancia, como se verá en lo que sigue.
CAPITULO III
     En el que se declara ser muy peligroso para el alma cristiana adherirse como a papa al que no lo es, y apartarse, aunque sea por ignorancia, del verdadero.
     Sobre la tercera cuestión, digo que para todos los cristianos a quienes ha llegado debidamente la notificación de los cardenales acerca de los dos elegidos, sin duda alguna, es muy peligroso y condenable obedecer como papa al que no lo es, apartándose del verdadero, aunque sea por ignorancia. Esto se prueba por muchas razones.
Primera. Porque, los que tal hacen pecan gravemente contra dos preceptos divinos, pues apartándose del papa verdadero y no tributándole el honor debido, quebrantan el primer precepto de la segunda tabla: Honra a tu padre y a tu madre… El papa legítimo es padre universal de los cristianos, y la Iglesia es la madre. Además, prestando obediencia a uno que no es papa y tributándole honores papales, se quebranta el primer precepto de la primera tabla, en el cual se ordena: No adores a dios extranjero, ni ídolo, ni estatua, ni semejanza alguna del cielo. ¿Qué otra cosa es el falso papa sino un dios extranjero en este mundo, un ídolo, una estatua, una imagen ficticia de Cristo? Es evidente, pues, que es muy peligroso para cualquier alma cristiana quebrantar, aunque sea por ignorancia, los dos preceptos divinos señalados.
Segunda. Dice Santo Tomás que la ignorancia excusa de pecado solamente cuando es invencible, o cuando se ignora lo que no hay obligación de saber (1-2, q. 76, a. 3). Es manifiesto que la ignorancia sobre el verdadero papa no es invencible, y esto por dos capítulos:
a) Porque, tratándose de hechos de fe, ya que de esta cuestión depende un artículo de la fe, como se probará en el capítulo siguiente, está claro que si el hombre hace lo que está de su parte, es seguro que la divina clemencia le infundirá la luz de la fe, como dice San Agustín, comentando el evangelio de San Juan (In Jo. c. 14 ). Y el Señor dijo: Pedid, y recibiréis; buscad, y encontraréis; llamad, y se os abrirá. Porque quien pide recibe, quien busca halla, y a quien llama se le abre (Mt. VI, 7; Lc. XI, 9-10).
b) Porque, presupuestos los fundamentos de la fe cristiana, todos pueden llegar fácilmente al conocimiento del verdadero papa, como se declarará en la segunda parte. Pues desconociendo al verdadero papa, indudablemente se ignora algo que todo fiel debe saber, porque así como el pastor de los cristianos debe conocer sus propias ovejas para encaminarlas y custodiarlas, según aquello de los Proverbios: Reconoce con atención las cabezas de tu grey y cuida de tus rebaños (Prov. XXXVII, 23), del mismo modo, todas las ovejas de Cristo han de conocer a su propio pastor, para escucharlo y seguirlo, Y así dice: El que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, es ladrón y salteador; pero el que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas oyen su voz, y llama a sus ovejas por su nombre y las saca afuera; y cuando las ha sacado todas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz; mas no siguen al extraño, sino que huyen de él, porque no conocen la voz de los extraños (Jo. X, 1-5).
Tercera. Según Santo Tomás, la ley general, o el precepto general de los superiores, obliga a todos después que se ha promulgado públicamente, y desde entonces nadie puede excusarse de observarla por ignorancia (1-2, q. 90, a. 4). Por eso se dice en el Decreto: Las leyes se establecen cuando son promulgadas (J. Gratianus, Decretum, I, dist, 4, c 3: “in istis temporalibus”). Pues bien: consta que la elección del verdadero papa, sea quien sea, hecha por los cardenales, ha sido promulgada por todo el mundo: Su clamor subió por toda la tierra, y sus palabras llegan a los confines del orbe de la tierra, como dice el Salmo (Ps XVIII, 5). Luego es evidente que en este caso no nos excusa ignorancia alguna. No puede decirse que la vana promulgación de los cardenales, o las muchas opiniones de los doctores sobre el papado, ó cualquier otra causa, nos den ocasión para ignorar o dudar lícitamente, como probaré más claramente en la segunda parte.
Cuarta. Se dice generalmente, y con acierto, que en la actualidad, por causa de la doble elección de papa, hay un cisma en la Iglesia, o mejor, hay separación cismática de la Iglesia. Si existe el cisma, es necesario que haya cismáticos, que no son precisamente los que obedecen al papa verdadero, sino los que obedecen al falso cual si fuera legítimo. La ignorancia no excusa a los cismáticos, porque, según San Pablo: Si alguno lo desconoce, será él desconocido (1 Cor. XIV, 38,). San Ambrosio, comentando la carta a los Romanos, dice: Si tienes ignorancia, pecas gravemente (C, II). Luego está claro nuestro primer propósito.
Con todo, hay que notar que en este género de ignorancia no todos pecan del mismo modo. Cuanto más excelentes son los hombres en ciencia o en algún oficio y grado, tanto mayor es su pecado de ignorancia. Y a causa de la misma ignorancia, cuanto más se adhieren al falso papa, defendiéndolo, honrándolo o predicándolo como papa; y más se apartan del verdadero, impugnándolo, blasfemando contra él y seduciendo a los demás, tanto más gravemente pecan. Y quienes conociendo la verdad no comulgan con ella, sino que prefieren permanecer en su ignorancia mientras dura el cisma presente, con el fin de alcanzar bienes temporales y recibir réditos eclesiásticos o cosas semejantes, pecan mucho más que aquellos otros que desconocen la verdad por pura negligencia. Sin embargo, todos los que sufren ignorancia obedeciendo al falso papa y apartándose del verdadero, pecan mortalmente, exponiéndose por ello a un gran peligro, porque quebrantan el precepto divino y quedan excomulgados, según el derecho, automáticamente. 
CAPITULO IV
     En el que se declara que no basta, para la fe necesaria en la Iglesia de Dios, creer bajo condición e indeterminadamente en el verdadero papa
     Acerca de la cuestión cuarta hay que notar con diligencia que, según el derecho y según nuestra fe, como queda apuntado en el capítulo I, aunque haya muchas iglesias particulares en este mundo, sin embargo, una es la Iglesia universal de todos los fieles de Cristo, la cual es cabeza y rectora de las demás iglesias particulares: la Iglesia romana, sobre la que recae un artículo de fe: “Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica”.
A pesar de ello, algunos ingenuos yerran en la interpretación del vocablo Iglesia, que quiere decir congregación o reunión de los fieles. Y se imaginan que la Iglesia universal, a la que se refiere el artículo de fe, es la reunión de todos los fieles cristianos, agrupados bajo la fe de Cristo, y que la Iglesia romana es la cabeza de esta Iglesia universal, De este modo distinguen entre la Iglesia universal y la Iglesia romana. Pero se equivocan en esto, pues toman la palabra agrupación en un sentido exclusivamente pasivo, es decir, la multitud de los cristianos congregada o reunida. Y, por el contrario, según todos los intérpretes, esta convocación o reunión de todos los fieles debe tomarse también en sentido activo, porque reúne y congrega entre sí a todos los fieles del universo. Y esta es la Iglesia romana, a saber: el colegio apostólico, constituido por el papa y los cardenales. Dondequiera que estén, cualesquiera que sean, tantos como fueren, todos los fieles cristianos forman con ellos una única Iglesia universal. Por lo cual, San Jerónimo, en la Carta a Evangelo presbítero, dice: No puede creerse que una es la Iglesia de Roma y otra la de todo el orbe. Las Galias, Bretaña, Africa, Persia, el Oriente y la India y todas, las naciones bárbaras adoran al mismo Cristo, observan la misma norma de verdad. Si se quiere una razón diré que el orbe es mayor que la Urbe, y dondequiera que haya un obispo, sea en Roma, en Augubio, en Constantinopla o en Tana (Numidia), tiene el mismo mérito, el mismo poder sacerdotal. Ni la magnitud de las riquezas, ni la pequeñez de la pobreza, le hacen mayor o menor, pues todos son sucesores de los Apóstoles.
Esto presupuesto, es manifiesto que, teniendo los dos elegidos su colegio cardenalicio —si es que todos pueden llamarse cardenales—, el que es indiferente y duda cuál de los dos es el verdadero papa, es también indiferente y duda de la verdadera Iglesia de Cristo, esto es, del verdadero colegio apostólico, pues la Iglesia romana y apostólica no puede ser conocida si se desconoce el verdadero papa, y viceversa. Por tanto, respondiendo a la cuestión, digo que en nuestro caso no es suficiente, para salvar la fe que hemos de tener en la Iglesia de Cristo, creer bajo condición e indeterminadamente en el verdadero papa, del mismo modo que no basta creer condicional e indeterminadamente en la Iglesia, Y esto por las razones siguientes:
Primera. Creer condicionalmente y sin determinación los artículos de la fe —v. gr., creer una cosa…, si es así; o decir que, en general, se cree todo lo que es verdadero— no basta al fiel cristiano porque tal creencia no procede de la fe, ya que, como dice Santo Tomás, la fe cristiana tiene máxima certeza, y no admite duda alguna acerca de su objeto (2-2, q 4, a. 8). Ahora bien, ya se dijo que creer en la Iglesia una, santa, católica y apostólica, es un artículo de fe. Por consiguiente, no basta al fiel cristiano la credulidad condicional e indeterminada en la Iglesia y, por tanto, en el verdadero papa, porque una cosa conlleva la otra, como queda dicho.
Segunda. Si dicha credulidad indeterminada y condicional bastara al fiel cristiano, se seguiría de aquí que los griegos y otros cismáticos tendrían fe suficiente en la Iglesia de Cristo, porque todos ellos tienen tal credulidad condicional e indeterminada en la Iglesia. Es más: cualquier hombre concederá con gusto todas las falsedades y absurdos, suponiendo que sean verdaderos. Sin embargo, consta que los cismáticos no creen debidamente en la Iglesia católica, y por ello se llaman cismáticos, esto es, desgajados y separados de la Iglesia, porque no creen en la Iglesia romana. Así escribe San Mateo: Quien desoye a la Iglesia, sea para ti como gentil o publicano (Mt. XVIII, 17), esto es, como gentil, pagano e infiel, según expone San Agustín. Por consiguiente, queda en firme lo que decíamos antes.
Tercera. Según los sagrados doctores, la fe católica dirige suficientemente al hombre en sus acciones, especialmente en lo que se refiere al cumplimiento de los preceptos de la ley, cuya obediencia es necesaria para salvarse. Por eso dice San Pablo: La fe obra actuada por la caridad (Gal. V, 6). Y Santiago: La Fe sin obras está muerta (Jac. II, 17). Pues bien, la fe condicional e indeterminada en el papa verdadero no dirige suficientemente al hombre en sus obras, sino que lo deja perplejo. Pongo por caso que ambos electos ordenen simultáneamente a cierto individuo indiferente e indeterminado, residente en Valencia, algunos preceptos contrarios e incompatibles: por ejemplo, uno le manda que el primer día de cuaresma emprenda el camino de Santiago, y el otro le manda que el mismo día se ponga en camino hacia Roma, u otros preceptos incompatibles. O supongamos que definan bajo anatema cosas contrarias en materias de fe. Entonces, una de dos: o no obedece a ninguno, u obedece a uno solo, ya que nadie puede servir a dos señores disidentes entre sí, según comenta la Glosa interlineal. O bien, aborreciendo al uno, amará al otro, o bien, adhiriéndose a uno, menospreciará al otro, como leemos en San Mateo (VI, 24). Si a ninguno obedece y permanece en la duda, está claro que dicha credulidad no le guía suficientemente en la observancia de los preceptos divinos, pues se dice en la carta a los Hebreos: Obedeced a vuestros pastores (Hebr. XIII, 17). Si con duda e indeterminación obedece a uno solo, sea el que sea, entonces peca gravemente, exponiéndose a gran peligro. Por el contrario, dice la Sabiduría: Los que me sirven no pecarán (Eccli. XXIV, 30).
Si alguien dijera que estas razones valen cuando la Iglesia universal ha determinado quién es el papa legítimo, le diré que esto mismo ocurre en nuestro caso, y no hay que esperar de la Iglesia mayor determinación acerca del verdadero papa, como se verá claramente en la segunda parte.
CAPITULO V 
     En el que se declara que es necesario determinarse por el verdadero papa, mientras dura este cisma.
     Respecto a la quinta cuestión, hay que afirmar llanamente, según lo expuesto, que es necesario para la salvación determinarse en la creencia del papa verdadero, para todos aquellos a quienes llegó debidamente la notificación de los cardenales sobre el papado. Lo cual se prueba por las siguientes razones:
Primera. Según el maestro de las Sentencias, “a todos los hombres es necesario para su salvación creer los artículos de la fe contenidos en el Símbolo” (III Sent., d. 25). Por eso dice San Pablo: La caridad todo lo cree (1 Cor., XIII, 6), es decir, todo lo que la verdad aconseja, según la Glosa. Mas para salvar el artículo de fe sobre la Iglesia, a la que todos hemos de creer y obedecer, no basta la credulidad condicional e indeterminada sobre el verdadero papa, como se dijo en el capítulo precedente. Luego es necesario para la salvación determinarse a creer en el papa verdadero.
Segunda. Como dicen por lo general los santos doctores, es necesario para salvarse que todos crean determinada y explícitamente todas y cada una de las verdades definidas por la Iglesia universal, cuando consta con certeza que así las ha declarado la Iglesia. Es así que la Iglesia universal ha declarado ya quién es el verdadero papa, como se verá más abajo. Luego está clara nuestra proposición.
Tercera. Así como por la fe hay que creer en un solo Dios y en un Salvador, que está en los cielos, del mismo modo estamos obligados a creer en su único vicario universal en la tierra, como se demostró en el capítulo I. Ahora bien, para salvarse es necesario creer explícita y determinadamente en un solo Dios, trino en personas y uno en esencia, y de igual manera en un Salvador, Jesucristo, y no basta creer indeterminadamente y bajo condición en un solo Dios o en un solo Salvador. Luego para la fe de la cristiandad y para alcanzar la salvación es necesario determinarse por el papa legítimo, vicario universal del Salvador.
Cuarta. Fuera de la Iglesia no hay salvación, como dicen comúnmente los sagrados doctores. Por eso fué figurada la Iglesia en el Arca de Noé, fuera de la cual nadie pudo salvarse del diluvio (Gen. VII, 21-23). Quienes no creen explícita y determinadamente en el papa verdadero no entran en una iglesia determinada y, por consiguiente, están fuera de la Iglesia, como se demostró en el capítulo anterior. A este propósito se lee: “Debes saber que el Obispo está con la Iglesia, y la Iglesia con el Obispo; y si alguien no está con el Obispo, no está con la Iglesia” (J. Gratianus, Decretum, II, causa 7, q. 1, c. 7: “Scire debes”). Luego de nuevo queda manifiesto nuestro intento.
Al llegar aquí se nos plantean tres dudas:
a) Nadie está obligado a lo que cae fuera de su alcance. Por eso dice San Jerónimo en la Exposición de la fe católica: “Son maldicientes quienes afirman que Dios ordenó al hombre cosas imposibles”. En el caso presente, creer explícita y determinadamente en el verdadero papa no está en la mano del hombre, pues hay muchos que quisieran creer de este modo, si pudieran hacerlo sin peligro. Luego parece que no es necesario creer así para salvarse.
b) En este mundo hay muchas personas devotas y timoratas que permanecen indeterminadas en el asunto que nos ocupa, prefiriendo dudar piadosamente a definirse con temeridad. Parece muy duro decir que por ello no estén en vías de salvación.
c) Existen en este mundo muchas personas idiotas e ingenuas que nada entienden de este problema, las cuales creen que se salvarán por la fe cristiana que deriva en obras. Parece demasiado duro decir que se han de condenar.
Respondo a la primera duda que cualquiera puede decidirse, con certeza y sin peligro de ningún género, por el verdadero papa, basándose en la determinación que ha hecho la Iglesia acerca del legítimo pontífice, como se demostrará más adelante.
A la segunda duda digo, con Santo Tomás, que definir y determinar en las cosas de fe pertenece a la Iglesia romana, la cual no puede errar en materia de fe, pues así lo prometió Cristo: Yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe (Luc, XXII, 32). Mas definir y determinar la propia voluntad respecto de las cosas de fe, ya definidas y determinadas por la Iglesia como tales, no es imprudencia, sino de necesidad para la salvación. Y dudar de ellas no es piadoso, sino impío y pecaminoso. Ahora bien, quién sea el verdadero papa entre los dos elegidos, está ya suficientemente declarado y determinado por la Iglesia, como expondré más ampliamente en la segunda parte.
A la tercera duda, referente a los idiotas e ingenuos, he de decir que si no llegó a su conocimiento la notificación que han hecho los cardenales sobre el papado, están excusados, a no ser que haya mediado negligencia por su parte. Mas si les ha llegado esta noticia debidamente y no se deciden a creer, sin duda pecan mortalmente y están en vías de condenación, como se verá claramente en los capítulos III y IV de la segunda parte.