Sandro Magister

bergoglio desconectado con la realidad

por Wael Farouq

El que se mata a sí mismo y asesina a los otros cree en una doctrina precisa. Y las matanzas siguen sumándose a las matanzas, desde el corazón de Europa a los numerosos corazones heridos de Asia y de África. Por eso, si se quiere detener el río de sangre, esta doctrina debe purificarse de las interpretaciones que conducen a personas de fe musulmana a abrazar el terrorismo.
Alguien podría objetar diciendo que incluso el muftí saudita wahabita condena el terrorismo. Es verdad, pero ese muftí rechaza el pluralismo y los derechos humanos, lo cual es una contradicción insalvable.
Pero alguien podría replicar diciendo que [la Universidad de] al-Azhar defiende el pluralismo, ofreciendo un fundamento islámico a los derechos humanos. Esto es verdad también, pero sufre la instrumentalización de la política.
Pero otro podría contestar que el presidente egipcio invoca una reforma revolucionaria del discurso religioso. Es verdad, pero la que amenaza realizarse es una reforma al servicio del poder, útil para anular la democracia. De otro modo, ¿por qué el Estado egipcio consentiría – en una abierta violación de la Constitución – la existencia del partido religioso salafita al-Nour, el cual invita a no felicitar a los cristianos y a no dirigirles ni siquiera el saludo?
Después podría haber alguien que diga que los gobiernos occidentales hacen de todo para impedir la violencia, sin violar los derechos de los ciudadanos musulmanes. Después de todo, lo que os distingue de los bárbaros terroristas es su fe en los derechos humanos.
Es cierto, pero estos gobiernos combaten sólo los síntomas de la enfermedad, y dejan que se agrave la enfermedad misma. ¿Cuántos de estos gobiernos han recibido terroristas en fuga de los países con mayoría islámica? ¿Cuántos hospedan organizaciones del Islam político, primero ante todo a la Fraternidad Musulmana, que son las fuentes de esta ideología violenta? ¿Cuántos se abstienen de condenar a los regímenes wahabíes, más bien se vinculan estrechamente con ellos en relaciones amistosas y venden sus armas que después – tal como han reconocido los mismos gobiernos – terminan en las manos de los terroristas? ¿En verdad no sería posible aislar los regímenes que adoptan esta interpretación enferma del Islam, tal como se hizo con el gobierno sudafricano del apartheid? ¿Existe racismo más grande que verter la sangre del “diferente” y no tener en cuenta su vida para nada?
Hoy, el pluralismo de las sociedades occidentales es un pluralismo que excluye, trabajando contra la finalidad por la cual se ha concebido al Estado. No favorece a la persona, sino más bien a los estereotipos y a las ideologías. En Gran Bretaña, por ejemplo, “integración” significa el reconocimiento de los tribunales de la sharia que violan los derechos de la mujer, significa el flujo de millones de libras esterlinas y de euros de los extremistas del Golfo en las arcas de las organizaciones islámicas con impronta ideológica, sin controles ni restricciones.
Occidente se ha consagrado al pluralismo y a los derechos humanos, para que no se repitieran las dolorosas experiencias del nazismo y del fascismo, pero hay que preguntarse: ¿nazismo y fascismo no representaban quizás la supremacía del estereotipo sobre la persona? ¿No creían quizás en algo superior a la persona humana, por el cual se justificaba morir y matar? ¿Y hoy, no se corre el riesgo quizás que también el “multiculturalismo” se transforme en un estereotipo más importante que la persona y sus auténticos derechos fundamentales?

 

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